Pánico  en el transiberiano (1972) es una joya del fantaterror nacional. Uno de esos productos que resulta una prueba evidente de que cuando queríamos éramos capaces de realizar películas a la altura de las producciones de Terence Fisher o George Romero.

La película fue realizada por Eugenio Martín… Un director de esos que quizás merecería ser, lo que se dice, redescubierto. Y no lo digo por películas como La vida sigue igual, de lucimiento de Julio Iglesias, o La chica del molino rojo (1973) , de lucimiento de Marisol (aunque pueda parecer una burla, cuidado, porque tengo gran respeto a la labor profesional que aunque con un claro objetivo comercial permite que una industria siga funcionando) o Las leandras (1969) con Rocío Dúrcal sino por films como el que aquí nos ocupa o Una vela para el diablo (1973).

Qué diantres, de hecho si hubiera justicia en este mundo cruel, debería ser recordado aunque sólo fuese por haber sido asistente de director de películas como Simbad y la princesa o los Viajes de Gulliver.

Volviendo al transiberiano, resulta una obra interesante ya no sólo porque cuenta en su reparto con Christopher Lee y Peter Cushing (aparte de Telly Savalas y Silvia Tortosa, entre otros) sino porque es una de las pocas muestras que conozco de lo que es terror cósmico dirigido por un español, planteando un argumento lovecraftiano que es, como poco, interesante (el otro ejemplo más claro es, por supuesto, La herencia valdemar/la sombra prohibida) por estar bien planteada y, sobretodo, bien conducida… Y más si la comparamos con otros intentos, como el mencionado entre paréntesis, que también intentan un acercamiento a este subgénero.

Una vela para el diablo (1973)

Pánico en el transiberiano (1972)

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