Descubrí el bar de Serafín una tarde del veranillo de San Martín. Hacía demasiado calor incluso para permanecer en casa, así que cogí la cartera y el tabaco y me planté en la calle. Estaba desierta. Caminando llegué hasta la Plaza España y como no me gusta hacer dos veces el mismo trayecto, tomé una bocacalle que nunca, hasta entonces, había tomado. Más que calle es un callejón, y parece sacado de una película española de los años cincuenta en blanco y negro. Sólo que es en color. Hay varios negocios en ella que parecen abandonados…A saber: una librería especializada en primeras ediciones, una tienda de ultramarinos y, por último, un bar de los de antes. Es decir, uno de aquellos bares en los que se anunciaba el menú pintado en el cristal junto a la puerta. El precio de los menús, por si a alguien le interesa, todavía figura en pesetas. Ah, nuestras queridas pesetas. Este pensamiento, el hecho de que tampoco se veía un alma (los bares como las ciudades, los prefiero desiertos) y de que empezaba a tener una sed abrasadora me decidieron a probar suerte y a entrar en él.

El camarero estaba acodado en la barra leyendo el periódico. Las gafas de ver de cerca se las sujetaba con un esparadrapo al cráneo, puesto que no tenía nariz. Tras mirarlo algo más detenidamente observé que era algo lógico puesto que era un esqueleto y es cosa sabida que los esqueletos no tienen carne sobre los huesos.

Para seros del todo sincero, debo deciros que este hecho me resultó sorprendente por sí mismo. No es frecuente ver a un esqueleto regentando un bar. No obstante, cuando abrió la boca redujo mi inquietud.

  • Buenas tardes, ¿qué le pongo?

Tenía una dicción realmente preciosa, con un ligero acento andaluz pero que no llegaba a resultar aborrecible.

  • No se quede ahí clavado, que no muerdo. Venga, a la primera invita la casa.

Me acerqué hasta la barra y me senté en uno de los taburetes. Acto seguido me sirvió una manzanilla y la acompañó de una croqueta a modo de tapa.

  • Las hace mi mujer. Vamos, que si no le gusta mejor se calla. Además, a caballo regalado…
  • No le mires el dentado.
  • Eso mismo.

Cogió un mando y, apretándolo contra sus falanges, me preguntó:

  • ¿Qué prefiere que ponga? ¿La Sexta, Telecinco… ?
  • Deje la Sexta. No tengo ninguna preferencia. En todas ponen una basura similar.
  • Jejeje – Realmente su risa no era de lo más agradable. Sonaba a hojalata. De todos modos lo compensaba con su voz, que me recordaba cada vez más a la del difunto Juan Luis Galiardo, si hubiera prescindido del acento, claro- Se ha dado cuenta eh. Es usted más listo, si me permite la expresión , de lo que parece.

Decidí tomármelo como un halago.

  • Se agradece, supongo.
  • No hay de qué. Bueno, tampoco espere que siempre vayamos a estar de acuerdo. No será así, ya le adelanto
  • Ya, ya imagino- Hablaba, me fijé, como si ya estuviera seguro de que iba a volver. De hecho, mientras lo pensaba me daba cuenta de que aquel lugar se iba a convertir en uno de mis habituales.

En la televisión ponían una tertulia. Había en ella un representante de cada partido: PP, PSOE, IU y PODEMOS… Hablaban todos pero yo no lograba entender nada. Percibí, eso sí, que los representantes de PSOE e IU eran dos tipos realmente despreciables, con una calvicie repugnante. En cambio los que hablaban por el PP y Podemos eran ya otra historia. Se trataba de dos chicas muy bien parecidas, sobretodo la representante de Podemos. Era una morena de tez pálida con un busto que hablaba por sí solo.

  • ¿Se ha fijado eh?- Y me miró. Realmente mirarle era como mirar al infinito, al no tener ojos dentro de sus cuencas podía uno quedarse mirando a aquellas profundidades un tiempo indeterminado.
  • Sí. Imagino que también coincidiremos en esta ocasión.
  • Sí, creo que sí. Pero dígame, ¿usted qué conclusión saca de todo esto?

Pues realmente yo no sacaba una gran conclusión.

  • Va venga, si está claro, ¿no?
  • Pues no, la verdad. Ilumíneme sobre el asunto, por favor.
  • ¿De verdad que no lo ve? …- tras una pausa – . En fin, como todavía tiene ojos en las cuencas es de suponer que le queda tiempo para mejorar su capacidad de observación. La cuestión es muy simple: A falta de discurso las mujeres, si todavía tienen buen pellejo, siempre ayudan a convencer a los indecisos.

Tras meditarlo unos instantes, determiné que llevaba bastante razón.

  • Sin embargo, y sin quitarle la razón, algunos pensarían que esa visión es algo machista.
  • ¿Machista? Sí – contestó mientras me servía otra manzanilla – quizás algunos lo verían así.