Quise llevar a mi amigo Pepe al bar de Serafín. A ver lo que le parecía. Entramos y se pidió unas bravas y una coca-cola. Serafín le sirvió a regañadientes y se volvió a su rincón a leer las esquelas del ABC.
Pepe me estuvo hablando sobre su familia. Incluso quiso enseñarme una foto de su hija, que ya estaba muy crecida desde la última vez que la había visto. Continuó hablándome del trabajo y de que iba a promocionar en breve.
– Te felicito, de verdad. A la próxima invito yo, venga.
Me siguió hablando sobre las mismas cosas insípidas sobre las que solía hablarme, acercándonos a la próxima ronda.
– Va venga, ¿qué quieres?
– ¿Crees que tendrán sidra?-preguntó mirando a su alrededor, como si aquel sitio tuviera poca categoría como para tener sidra.
– Imagino… Pero vamos a ver.
Le hice un gesto a Serafín para que se acercara. Como si me leyera el pensamiento se acodó en la barra y colocó su cráneo a un palmo escaso del de Pepe, dejando ver cada grieta de sus huesos.
– ¿Qué gusta el señorito? – preguntó con ese dejo andaluz que sabía utilizar cuando era conveniente.
Pepe, sin inmutarse, contestó.
– Una sidra… ¿Tú qué quieres Daniel?
– Lo mismo, lo mismo.
Continuó hablándome como cerca de tres cuartos de hora.
– Bueno, me tengo que ir Daniel. Me esperan en casa…
– De acuerdo, hablamos luego. Venga que vaya bien- le di un abrazo y lo despedí.
Serafín esperó unos minutos. No hacía nada en concreto, simplemente remoloneaba. Al fin salió de detrás de la barra con un trapo colgando de la clavícula y se sentó en un taburete a mi lado.
– Oye, esto no lo hagas más eh. Si vuelves por aquí haz el favor de venir solo o al menos… Al menos bien acompañado.
Ya en casa me hice algo de comer: una bocadillo de bacon y queso, que acompañé de una cerveza. Hice sitio en el sofá, ya que tenía algo de ropa sucia por ahí tirada, y encendí el televisor. Justo en ese momento sonó el teléfono. Era Pepe.
– Oye, ¿por qué me has llevado a ese antro?
– Bueno, no sé – me dejó algo cortado con esa pregunta -. Quizás pensé que te llamaría la atención. El camarero es un tipo interesante…- no sabía cómo decirlo más claro. Además, no me fiaba de mi salud mental en aquel momento.
– Sí, que es un esqueleto. Pero vamos, ni que fuera el primero que veo en mi vida. Mira, la próxima vez mejor ir a un sitio con menos mugre.
No tenía ningunas ganas de contestarle así que colgué sin despedirme.